Cuento: Mala Suerte
Mala Suerte
Mala suerte era un pueblo que parecía no existir. Nunca apareció en los mapas ni en los libros de geografía, mucho menos en los censos. Los habitantes de los pueblos cercanos apenas habían oído hablar de él. La gente que vivía en la cabecera municipal no tenía idea de que existía. Era un lugar que tenía la mala suerte de no ser.
Por alguna extraña razón los caminos no pasaban cerca y que decir de los animales que hacía tiempo se habían alejado pues ni siquiera era un buen lugar para ellos. Por ello era que ya no se escuchaban los pájaros por las mañanas, ni las vacas pastando o los perros ladrando por las noches.
Los pocos que sabían algo de ese sitio relataban historias sobre un pueblo fantasma del que nadie sabía como llegar. Contaban los viejos que ahí vivía el mismísimo Diablo con sus demonios que desde ahí aconsejaban y observaban a los niños que se portaban mal, así como a las doncellas que caían seducidas por los forasteros. Si cualquiera se acercaba, y acaso saliera con vida quedaría maldito para toda la vida, contaminando de mala suerte a los que le rodearan. A decir verdad, nadie se había acercado a ese lugar.
Pero Mala Suerte tenía mala fama, solo eso: mala fama.
En realidad nadie conocía la verdad de aquel punto invisible en la cartografía del país. Ninguno se había aproximado a sus huertos y jardines marchitos, sus arroyos secos, las casuchas derruidas, algunas con un agujero en el techo. Nadie conocía a los niños flacos llenos de mugre y mocos, o las señoras que cargaban sus bolsas vacías del mercado, ni a los señores sentados con su barriga al aire en las calles con botellas de cerveza vacías mientras el único perro del pueblo arrastraba sus huesudas patas frente a ellos. No, nadie lo conocía.
Aquel era un pueblo que no tenía la pinta de ser una parte del averno tal como lo describían, al contrario, parecía que el cielo y hasta el mismo infierno se habían olvidado de él así como el resto del mundo porque no era agradable visitarlo, mucho menos vivir ahí.
Él poblado existía desde mucho tiempo atrás, y ninguno de sus habitantes sabía con certeza sus orígenes. Algunos contaban que tres ricas familias se habían refugiado en aquel lugar después al iniciar la independencia, huyendo de la ira de los insurgentes, otros decían que unos revolucionarios se escondieron en ese lugar luego de haber saqueado la capital del estado con un gran botín de dinero y mujeres, por lo que fundaron el pueblo para no ser encontrados. Mucha gente seguía buscando el dinero escondido de los revolucionarios. Se llegó a contar incluso que descendían de unos marineros españoles perdidos antes de la conquista.
En realidad no importaba como surgió, pues estaba próximo a desaparecer. Los niños más pequeños nunca vieron llover. La sequía azotaba la región desde algunos años atrás. Los dos arroyos se secaron antes de poder sembrar los frijoles y el maíz. La comida se terminaba rápidamente y nadie podía remediarlo.
Cada día, cada noche, los habitantes se preguntaban que hacer. No sabían como obligar al cielo para que derramara sus lagrimas de vida, o que el arroyo transportara agua desde la sierra. Todos los métodos que idearon resultaban inútiles, pues ni la gran sabiduría del brujo local, ni los rezos del cura lograron saciar la sed de la región. La desesperación se apoderaba rápidamente de ellos. Los ancianos vivía resignados, pero los jóvenes no querían desaparecer. Aunque para el mundo nunca existieron.
Mala suerte era un pueblo que parecía no existir. Nunca apareció en los mapas ni en los libros de geografía, mucho menos en los censos. Los habitantes de los pueblos cercanos apenas habían oído hablar de él. La gente que vivía en la cabecera municipal no tenía idea de que existía. Era un lugar que tenía la mala suerte de no ser.
Por alguna extraña razón los caminos no pasaban cerca y que decir de los animales que hacía tiempo se habían alejado pues ni siquiera era un buen lugar para ellos. Por ello era que ya no se escuchaban los pájaros por las mañanas, ni las vacas pastando o los perros ladrando por las noches.
Los pocos que sabían algo de ese sitio relataban historias sobre un pueblo fantasma del que nadie sabía como llegar. Contaban los viejos que ahí vivía el mismísimo Diablo con sus demonios que desde ahí aconsejaban y observaban a los niños que se portaban mal, así como a las doncellas que caían seducidas por los forasteros. Si cualquiera se acercaba, y acaso saliera con vida quedaría maldito para toda la vida, contaminando de mala suerte a los que le rodearan. A decir verdad, nadie se había acercado a ese lugar.
Pero Mala Suerte tenía mala fama, solo eso: mala fama.
En realidad nadie conocía la verdad de aquel punto invisible en la cartografía del país. Ninguno se había aproximado a sus huertos y jardines marchitos, sus arroyos secos, las casuchas derruidas, algunas con un agujero en el techo. Nadie conocía a los niños flacos llenos de mugre y mocos, o las señoras que cargaban sus bolsas vacías del mercado, ni a los señores sentados con su barriga al aire en las calles con botellas de cerveza vacías mientras el único perro del pueblo arrastraba sus huesudas patas frente a ellos. No, nadie lo conocía.
Aquel era un pueblo que no tenía la pinta de ser una parte del averno tal como lo describían, al contrario, parecía que el cielo y hasta el mismo infierno se habían olvidado de él así como el resto del mundo porque no era agradable visitarlo, mucho menos vivir ahí.
Él poblado existía desde mucho tiempo atrás, y ninguno de sus habitantes sabía con certeza sus orígenes. Algunos contaban que tres ricas familias se habían refugiado en aquel lugar después al iniciar la independencia, huyendo de la ira de los insurgentes, otros decían que unos revolucionarios se escondieron en ese lugar luego de haber saqueado la capital del estado con un gran botín de dinero y mujeres, por lo que fundaron el pueblo para no ser encontrados. Mucha gente seguía buscando el dinero escondido de los revolucionarios. Se llegó a contar incluso que descendían de unos marineros españoles perdidos antes de la conquista.
En realidad no importaba como surgió, pues estaba próximo a desaparecer. Los niños más pequeños nunca vieron llover. La sequía azotaba la región desde algunos años atrás. Los dos arroyos se secaron antes de poder sembrar los frijoles y el maíz. La comida se terminaba rápidamente y nadie podía remediarlo.
Cada día, cada noche, los habitantes se preguntaban que hacer. No sabían como obligar al cielo para que derramara sus lagrimas de vida, o que el arroyo transportara agua desde la sierra. Todos los métodos que idearon resultaban inútiles, pues ni la gran sabiduría del brujo local, ni los rezos del cura lograron saciar la sed de la región. La desesperación se apoderaba rápidamente de ellos. Los ancianos vivía resignados, pero los jóvenes no querían desaparecer. Aunque para el mundo nunca existieron.
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